
Introducción
Cuando admiramos el dominio técnico y la sensibilidad de Javier Arizabalo, es habitual que nuestra mente se dirija de inmediato a sus célebres retratos y desnudos; figuras de mujeres y hombres plasmados con un nivel de realismo y emotividad excepcionales. Sin embargo, su genialidad no se limita a la anatomía adulta. Dentro de su asombroso acervo existe una faceta fascinante y poco conocida por el gran público: su Serie Infantil.
Plasmar la verdadera esencia de la niñez es, históricamente, uno de los retos más complejos en las artes plásticas. De hecho, son muy pocos los artistas contemporáneos que poseen la capacidad de pintar a niñas y niños logrando transmitir una universalidad tan profunda. Arizabalo no solo captura la luz en la piel tersa o el cabello fino, sino que atrapa esa fugaz chispa de asombro y vitalidad pura.
Para HECTOR DIAZ, es un privilegio compartir algunas obras de esta extraordinaria colección, acompañadas por las propias reflexiones del maestro. A continuación, Javier Arizabalo nos comparte su visión sobre el papel de la infancia en la historia del arte y cómo, a través de sus lienzos, nos invita a reencontrarnos con nuestra propia curiosidad.
–Héctor Díaz

Serie Infantil
La representación de los niños en el arte tiene una historia tan larga como la de los adultos. Desde Egipto hasta Grecia, pasando por el arte romano, tanto en escultura como en pintura, han ido de la mano con el carácter que se pretendía dar a estas representaciones, ya fuera una idealización, formando parte de una mitología, una encarnación de sentimientos o intentando capturar al individuo.
En el periodo medieval, que abarca aproximadamente del siglo V al XV en lo que se considera Occidente, la representación de estos se reduce prácticamente a la iconografía del niño-hombre Jesús. Se dice que los niños eran vistos (y representados) como adultos pequeños.
Es nuevamente en el Renacimiento cuando aparecen como la encarnación de la inocencia, pero también, la infancia se concibe como un periodo de formación y preparación para la edad adulta, por lo que también forman parte de escenas en las que “cumplen” con sus roles futuros.

Pocas obras de arte sobre niños, incluso las contemporáneas, dejan de proyectar, desde la perspectiva tanto del creador como del espectador, ideas como la inocencia, la delicadeza, la sensibilidad, la alegría, la vitalidad, la promesa de futuro, la curiosidad, la fragilidad, la ternura o la belleza.
Los rasgos infantiles no son muy acentuados: la piel tersa y suave o el cabello fino generalmente se materializan en representaciones menos toscas, las cuales requieren una técnica más refinada, con sombras menos profundas y colores más vivos.
Gracias a que los niños tienen una actitud lúdica natural, sus ideas sobre la realidad —que no están formadas ni estructuradas de manera rígida como en los adultos— dan lugar a su inserción en escenas menos formalistas, logrando establecer una crítica a la rigidez de la madurez.
–Javier Arizabalo


