Reflexiones A Contra Luz por Mayra Sugey
Hay historias que comienzan en una sala de juntas, frente a un gran contrato o detrás de un escritorio ejecutivo. La de Alexandra Yu comenzó de una manera mucho más sencilla: vendiendo burritos en Puebla.
Y quizá ahí está la primera gran lección del segundo episodio de A Contraluz: el éxito no siempre comienza haciendo algo extraordinario; muchas veces comienza haciendo extraordinariamente bien lo que tenemos frente a nosotros.
Alexandra, ingeniera química de formación, descubrió en las ventas una habilidad que con el tiempo se convertiría en una de sus mayores fortalezas. Su paso por Iusacell fue determinante. Ahí encontró un territorio donde su disciplina, preparación y capacidad para relacionarse podían convertirse en resultados.
Años después regresó a Ciudad Juárez decidida a ejercer aquello para lo que se había preparado profesionalmente. Con el periódico en mano en una época en la que todavía se buscaba trabajo de esa manera, encontró una oportunidad y decidió atreverse a decir: “Sí, cumplo con los requisitos”.
Pero ser una mujer joven, preparada y segura de sí misma también significó enfrentar prejuicios. Alexandra reconoce que incluso tuvo que adaptar su manera de vestir y relacionarse profesionalmente para evitar que su entusiasmo fuera interpretado como ingenuidad o coqueteo. No lo cuenta desde la queja, sino desde la conciencia de que avanzar también implica aprender a navegar los estereotipos.
Con cintas de medir en mano, Alexandra se preparó para vender. Porque vender, como emprender, no consiste únicamente en convencer a alguien: requiere escuchar, conocer el producto, entender al otro y, sobre todo, prepararse.
Su historia tampoco termina en los negocios.
El yoga apareció como otra expresión de esa necesidad constante de crecer. Sus compañeras le pidieron que impartiera clases y, casi sin buscarlo, encontró una nueva pasión. Hoy es ingeniera química, especialista en ventas y certificada en yoga.
¿Ser esposa, mamá y proveedora mientras se persigue el crecimiento profesional? Para Alexandra, sí es posible. La clave está en vivir el “aquí y ahora”, dejar de cargar con cada opinión externa y aprender a ponerse “mantequilla”: permitir que algunas cosas resbalen sin convertirlas en una carga personal.
Quizá una de las reflexiones más poderosas de esta conversación sea que nuestra manera de hablarnos también construye nuestra realidad. Respirar conscientemente, observar nuestras emociones y asumir responsabilidad sobre nuestras decisiones son pequeñas acciones que pueden cambiar la manera en que enfrentamos cada día.
Alexandra se define con cinco palabras: feliz, agradecida, exitosa, disciplinada y amorosa. Y hay algo particularmente empresarial en esa definición: entiende que el resultado es consecuencia del proceso.
En una época obsesionada con el éxito inmediato, su historia recuerda algo que a veces olvidamos: crecer duele. La disciplina exige pagar un precio. Hay que abrazar lo incómodo, aprender, insistir y volver a intentarlo.
Porque quizá el verdadero éxito no consiste en convertirse en alguien extraordinario. Consiste en ser una persona ordinaria que decidió hacer las cosas extraordinariamente bien.
En nuestra próxima editorial podrás seguir conociendo historias de éxito de nuestros ciudadanos en “Reflexiones de A contraluz”.

