Por Jackie Ojeda
En México, la innovación tecnológica se ha convertido en una palabra obligatoria en el discurso empresarial. Se anuncian estrategias de inteligencia artificial, automatización y transformación digital como si fueran una realidad consolidada. Sin embargo, la evidencia muestra una situación distinta: el principal obstáculo para la competitividad empresarial no es la falta de tecnología disponible, sino la baja adopción real dentro de las organizaciones. La transformación digital existe en presentaciones y planes estratégicos, pero con frecuencia no llega a los procesos productivos cotidianos.
El problema es estructural si se observa la composición del tejido empresarial. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, las micro, pequeñas y medianas empresas representan cerca del 99% de las unidades económicas del país, generan alrededor del 72% del empleo y aportan más del 50% del PIB. Esto significa que la competitividad nacional depende directamente de su capacidad de modernización. No obstante, una gran proporción de estas empresas sigue operando con procesos manuales, baja automatización o sistemas digitales fragmentados, lo que reduce su productividad y limita su integración a cadenas globales.
Los beneficios de la digitalización, por el contrario, están ampliamente documentados. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha señalado que la adopción de herramientas digitales puede elevar la productividad empresarial, reducir costos operativos y ampliar el acceso a mercados internacionales, especialmente en pequeñas empresas. En términos prácticos, distintos estudios empresariales muestran que la incorporación de comercio electrónico, gestión digital o automatización puede incrementar la productividad de una PyME alrededor de entre 15% y 20%, una mejora que impacta directamente en su supervivencia.
Mientras tanto, el mercado mexicano ya opera en clave digital. El comercio electrónico nacional supera los más de 80 mil millones de dólares anuales y mantiene tasas de crecimiento cercanas al 20% anual, según reportes del sector. Esto significa que el consumidor mexicano ya compra, compara precios y decide en entornos digitales, incluso si muchas empresas siguen funcionando con esquemas administrativos del siglo pasado. Esta desconexión entre un mercado digitalizado y empresas parcialmente analógicas representa una de las mayores amenazas para la competitividad futura.
La lentitud en la adopción responde a factores concretos. Uno de ellos es la brecha de habilidades tecnológicas. Diversos diagnósticos internacionales coinciden en que menos de uno de cada diez mexicanos posee habilidades digitales avanzadas, y el dominio de competencias complejas como programación o análisis de datos es todavía menor. A esto se suma la desigualdad en conectividad: millones de personas aún carecen de acceso estable a internet, lo que limita el crecimiento digital de empresas fuera de los grandes centros industriales.
Sin embargo, el obstáculo más profundo no es técnico sino cultural. En muchas organizaciones mexicanas, la tecnología sigue considerándose un gasto prescindible y no una inversión estratégica. La digitalización se adopta cuando sobra presupuesto, no cuando se define la estrategia. Esta visión provoca que las empresas compren software sin rediseñar procesos, contraten plataformas sin capacitar personal y hablen de innovación sin modificar su modelo operativo.
Por ello, el verdadero problema tecnológico de México no es la innovación, sino la ejecución. El país cuenta con acceso a tecnología global, talento joven y oportunidades derivadas del nearshoring, pero la adopción empresarial avanza con demasiada lentitud. En una economía donde la eficiencia se mide en datos, automatización y velocidad de respuesta, la mayor disrupción no será tecnológica: será la desaparición progresiva de las empresas que no logren adaptarse.
México no necesita más discursos sobre transformación digital. Necesita adopción real.

