CPC Adriana Rodríguez Carreón
Cuando alguien decide emprender, piensa en su producto, en su marca, en su mercado y en sus sueños. Rara vez piensa en los impuestos como parte de esa ilusión inicial. Sin embargo, los impuestos forman parte de la madurez empresarial.
En mi experiencia acompañando a empresarios, he visto cómo la pasión por crecer, innovar y vender puede ensombrecer un aspecto esencial: la estructura fiscal del negocio. Muchos emprendedores perciben el cumplimiento como una carga externa, algo que se atiende después. Pero la realidad es que la responsabilidad fiscal no es el enemigo del emprendimiento; es uno de sus pilares.
Un negocio puede sobrevivir un tiempo en el desorden, pero no puede consolidarse sin estructura. La formalidad no limita la creatividad, la protege. Le permite al empresario conocer sus utilidades reales, proyectar su crecimiento, tomar decisiones informadas y anticiparse a riesgos.
Cumplir con las obligaciones fiscales no significa pagar más; significa entender el entorno en el que se compite. Significa reconocer que formamos parte de un sistema económico donde la transparencia es cada vez más exigida y la fiscalización más tecnológica.
He visto proyectos extraordinarios detenerse no por falta de talento ni de mercado, sino por decisiones fiscales improvisadas, por ausencia de planeación o por no buscar asesoría profesional adecuada desde el inicio.
Y aquí es donde quiero hacer una reflexión importante: no cualquier asesoría es suficiente.
El emprendedor necesita acompañarse de profesionales preparados, actualizados y éticamente comprometidos. Buscar un contador público certificado y colegiado no es un lujo, es una decisión estratégica. La certificación implica actualización constante y evaluación profesional; la colegiación representa pertenecer a una comunidad que promueve estándares técnicos y principios éticos.
Un contador certificado no solo calcula impuestos. Analiza riesgos, interpreta reformas fiscales, orienta sobre estructuras adecuadas, previene contingencias y se convierte en aliado en la toma de decisiones. Un contador colegiado entiende que su responsabilidad no es solo con su cliente, sino también con la sociedad y con la profesión.
En un entorno donde las reglas cambian y la autoridad fiscal cruza información en tiempo real, la improvisación es un riesgo demasiado costoso.
La contabilidad no es un trámite administrativo. Es el lenguaje financiero de la empresa. Los impuestos no son un castigo. Son una realidad que debe administrarse con inteligencia y ética.
Como empresaria y como contadora, creo firmemente que el emprendimiento responsable es aquel que entiende que el éxito no se mide solo en ventas, sino en sostenibilidad. Y la sostenibilidad incluye cumplimiento, transparencia, asesoría profesional y visión de largo plazo.
Emprender es libertad. Pero toda libertad implica responsabilidad.
Y asumirla desde el inicio, rodeándose de profesionales certificados y comprometidos, es una decisión que distingue al empresario improvisado del empresario que construye legado.
CPC Adriana Rodríguez Carreón

