Por Sofía Espinoza
El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha puesto en riesgo una de las rutas más importantes del comercio energético, el estrecho de Ormuz, donde transita cerca del 20% del petróleo mundial. En cuestión de semanas, los mercados han reaccionado: el precio del crudo sube, la incertidumbre crece y las economías empiezan a resentir el impacto. Aunque muchos apoyemos el uso de las energías renovables, no podemos olvidar que el petróleo sigue siendo parte fundamental de la economía global.
La pregunta clave no es qué esta pasando en Medio Oriente, es qué significa esto para México. A primera vista, se podría pensar que el país tiene una posición privilegiada, ya que México es productor de petróleo, exporta crudo y cuenta con una empresa estatal consolidada como lo es Pemex. En teoría, un aumento en los precios internacionales debería beneficiarlo.
La realidad es mucho más compleja. México sigue siendo un país profundamente dependiente de los mercados energéticos internacionales. A pesar de producir petróleo, importa una gran parte de la gasolina que consume. Esto significa que, cuando los precios globales suben, el impacto no se traduce automáticamente en ganancias, sino en presiones inflacionarias.
El efecto es inmediato: aumento en el costo del transporte, encarecimiento de bienes y servicios y una presión constante sobre el poder adquisitivo. Dentro de ese contexto, el petróleo deja de ser una ventaja estratégica y se convierte en vulnerabilidad.
Además, las crisis energéticas no llegan solas. Vienen acompañadas de inestabilidad financiera, volatilidad en los mercados y ajustes en las expectativas económicas globales. Entonces sabiendo esto, ¿está México preparado? La respuesta es algo incómoda: parcialmente.
Por un lado, el país con ciertos amortiguadores. La estabilidad macroeconómica, el manejo prudente de la política monetaria y la experiencia en enfrentar choques externos ofrecen cierta resiliencia. México no es una economía frágil en el sentido clásico.
Pero, por otro lado, persisten debilidades estructurales que limitan su capacidad de respuesta. La dependencia de combustibles importados, la falta de una estrategia energética integral y la exposición a los precios internacionales hacen que cualquier crisis externa tenga efectos internos inmediatos.
Cada vez que el precio del petróleo se dispara por factores externos, queda en evidencia que México no controla completamente su propia seguridad energética. Y en un mundo cada vez más incierto, esa dependencia se vuelve cada vez más costosa.
Las crisis globales no se pueden evitar, pero si se puede decidir que tan vulnerable se es frente a ellas.
México aún no responde del todo a esa pregunta.

