Por Andrés Pedroza García
Durante décadas dimos por hecho que una persona alfabetizada era aquella capaz de leer y escribir. Hoy esa definición resulta insuficiente. En las empresas del siglo XXI existe una nueva forma de alfabetización: la capacidad de hablar con claridad, escribir con precisión y escuchar con verdadera atención.
Parece un asunto menor, pero basta recorrer cualquier organización para descubrir que una enorme cantidad de conflictos no nace de la mala voluntad, sino de la mala comunicación.
Un supervisor da instrucciones ambiguas. Un gerente envía correos que nadie entiende. Un colaborador interpreta algo distinto a lo que su jefe quiso decir. Un cliente siente que nadie lo escucha. Un equipo supone, interpreta, imagina… y termina trabajando sobre premisas equivocadas.
Después llegan las reuniones para “resolver problemas” que nunca debieron existir.
Paradójicamente, muchas empresas invierten miles de pesos en maquinaria, software, automatización o inteligencia artificial, mientras consideran que aprender a comunicarse es un lujo o una habilidad que cada quien debería traer desde casa. No es así.
Hablar bien no significa utilizar palabras rebuscadas. Significa expresar ideas de manera que otros puedan comprenderlas.
Escribir bien no consiste en redactar textos elegantes. Consiste en dejar instrucciones claras, acuerdos precisos y mensajes que no den lugar a interpretaciones innecesarias.
Escuchar bien tampoco es permanecer en silencio mientras el otro habla. Escuchar implica comprender antes de responder. Significa detectar información, emociones, riesgos y oportunidades que muchas veces pasan desapercibidos.
Las empresas más exitosas no necesariamente son las que tienen a las personas más inteligentes. Son aquellas donde las personas logran entenderse.
La comunicación ya dejó de ser responsabilidad exclusiva de Recursos Humanos, del área de Comunicación o del director general. Hoy cada líder, cada supervisor y cada colaborador representa un nodo de comunicación cuya calidad impacta directamente en la productividad, el clima laboral y la experiencia del cliente.
Por eso resulta preocupante que muchas organizaciones sigan promoviendo técnicamente a sus mejores colaboradores sin prepararlos para conversar, retroalimentar, resolver conflictos, conducir reuniones o dar instrucciones.
Un excelente técnico no siempre será un buen líder. La diferencia suele encontrarse precisamente en su capacidad para comunicarse.
Quizá ha llegado el momento de replantear qué significa capacitar al personal.
Además de aprender nuevas tecnologías, dominar procesos o conocer indicadores, las organizaciones necesitan desarrollar competencias que durante mucho tiempo fueron llamadas “habilidades blandas”. El nombre puede engañar, porque de blandas tienen muy poco. Son las habilidades que sostienen la confianza, la colaboración, el liderazgo y la cultura organizacional.
Tal vez dentro de algunos años dejemos de llamarlas habilidades blandas. Serán simplemente competencias esenciales para trabajar con otros seres humanos.
Porque en toda empresa moderna existe una nueva alfabetización.
Y comienza cuando aprendemos a hablar mejor, a escribir con claridad y, sobre todo, a escuchar con la intención de comprender.
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