Por Andrés Pedroza García
“Aquí todos le entramos.” “Si no aguantas la presión, este trabajo no es para ti.” “Después descansas.” “Así nos tocó aprender.”
Son frases tan comunes en muchas organizaciones que han dejado de llamar la atención. Sin embargo, detrás de ellas se esconde una de las culturas laborales más costosas para las empresas mexicanas: la cultura del “aguántese”.
Durante décadas hemos confundido la resistencia con el compromiso. Hemos convertido el cansancio en una medalla, las jornadas interminables en motivo de orgullo y el sacrificio personal en requisito para demostrar lealtad. Mientras más agotado llega un colaborador a su casa, más pareciera que trabajó. Mientras menos vacaciones toma, más “responsable” se le considera. Y quien habla de salud mental suele ser visto como alguien que “no soporta la presión”.
Pero la evidencia muestra exactamente lo contrario.
Un trabajador exhausto no toma mejores decisiones. Una persona sometida permanentemente al estrés no desarrolla mayor creatividad. Un líder que vive al límite no inspira a su equipo; termina contagiando ansiedad, miedo e incertidumbre.
El problema es que la cultura del “aguántese” rara vez aparece en los organigramas o en los manuales de procedimientos. Vive en los pequeños mensajes cotidianos: el jefe que presume no haber tomado vacaciones en diez años; el colaborador que responde mensajes a medianoche porque cree que eso demuestra compromiso; la reunión convocada fuera del horario laboral porque “es urgente”; el reconocimiento al que nunca falta, aunque lleve meses emocionalmente agotado.
Con el tiempo, estos comportamientos dejan de ser excepcionales y se convierten en la forma “normal” de trabajar.
Es ahí donde aparecen los riesgos psicosociales.
No se trata únicamente del estrés. Hablamos de ambientes donde predominan cargas excesivas de trabajo, jornadas prolongadas, falta de reconocimiento, escasa participación en las decisiones, conflictos constantes, liderazgo deficiente o violencia laboral. Todos estos factores afectan la salud física y emocional de las personas, pero también deterioran la productividad, incrementan la rotación, elevan el ausentismo y multiplican los errores.
Paradójicamente, muchas empresas continúan creyendo que exigir más siempre genera mejores resultados. En realidad, llega un punto en el que cada hora adicional produce menos valor y más desgaste.
Por eso resulta tan importante cambiar la conversación.
Prevenir riesgos psicosociales no significa volver frágiles a las personas ni construir organizaciones donde nadie pueda ser exigido. Significa diseñar entornos donde el esfuerzo sea sostenible, donde exista claridad en las responsabilidades, donde el liderazgo genere confianza y donde el bienestar deje de verse como un privilegio para convertirse en una condición necesaria para el desempeño.
La prevención no comienza con un cuestionario ni termina con el cumplimiento de una obligación legal. Comienza cuando una organización decide preguntarse si la manera en que trabaja ayuda a que las personas den lo mejor de sí… o simplemente les exige aguantar un poco más.
Porque trabajar con intensidad no debería significar trabajar hasta romperse.
Las mejores organizaciones no son aquellas donde la gente soporta más presión. Son aquellas donde las personas pueden desarrollar su talento sin poner en riesgo su salud.
Quizá ha llegado el momento de dejar de admirar al que más aguanta y comenzar a reconocer al líder que sabe construir equipos sanos, resilientes y productivos.
Porque una empresa que obliga a sus colaboradores a sobrevivir difícilmente podrá ayudarlos a crecer.
Y cuando el bienestar deja de ser motivo de burla, la productividad deja de depender del sacrificio para convertirse en el resultado natural de una cultura organizacional inteligente.

