Por Ana Paula Kiyama / Análisis Económico
Durante meses, el mercado esperaba que la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) fuera un trámite. México y Canadá habían manifestado su intención de extender el acuerdo hasta 2042, enviando una señal de estabilidad para inversionistas y empresas.
Pero el 1 de julio ocurrió algo que cambió completamente el panorama.
Estados Unidos decidió no renovar el tratado en su forma actual. El T-MEC no desaparece ni deja de estar vigente, pero entra en un esquema de revisiones anuales hasta 2036 mientras continúan las negociaciones.
Y aunque jurídicamente parece un cambio menor, económicamente representa uno de los mayores factores de incertidumbre para Norteamérica desde la entrada en vigor del tratado en 2020.
No murió el T-MEC… pero sí la certeza
Es importante entender qué pasó realmente. Muchos titulares dieron la impresión de que Estados Unidos “canceló” el tratado, pero no es así.
El artículo 34.7 del T-MEC establece que seis años después de su entrada en vigor los tres países debían decidir si extendían el acuerdo otros 16 años. Para que eso ocurriera, los tres gobiernos debían estar de acuerdo. México y Canadá dijeron que sí, pero Estados Unidos respondió que no, al menos no en las condiciones actuales. El resultado es que el tratado permanece vigente hasta 2036, pero ahora deberá revisarse cada año. Ese detalle cambia por completo el ambiente de negocios.
La economía odia la incertidumbre
Existe una frase repetida entre inversionistas:
“El capital puede soportar impuestos altos; lo que no soporta es la incertidumbre.”
Una empresa que construye una planta automotriz no calcula su retorno en uno o dos años. Lo hace pensando en 20 o incluso 30 años. Construir una fábrica de semiconductores, una planta de autopartes o un complejo logístico implica inversiones de cientos o miles de millones de dólares. Nadie toma una decisión de ese tamaño sabiendo que dentro de doce meses podría volver a cambiar el marco comercial. Ahí está el verdadero problema. No son únicamente los aranceles, sino la falta de visibilidad.
El nearshoring pierde uno de sus principales argumentos
Durante los últimos tres años México vivió un enorme entusiasmo alrededor del nearshoring. Las empresas buscaban acercar producción desde Asia hacia Norteamérica. México aparecía como el gran ganador gracias a tres ventajas: mano de obra competitiva, cercanía con Estados Unidos y acceso preferencial mediante el T-MEC.
La tercera ventaja acaba de debilitarse. No porque el tratado desaparezca, sino porque ya no ofrece la estabilidad política que buscaban muchos inversionistas.
El tamaño de lo que está en juego
La relevancia del T-MEC no puede subestimarse. Algunas cifras ayudan a dimensionarlo:
- El comercio entre México, Estados Unidos y Canadá pasó de aproximadamente 1 billón de dólares en 2020 a cerca de 1.6 billones en 2024.
- Norteamérica representa alrededor de un tercio del PIB mundial.
- Más del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos, lo que convierte al mercado estadounidense en el principal motor del sector exportador mexicano.
En otras palabras: México no tiene varios clientes, tiene uno enorme y cualquier cambio en la relación comercial afecta directamente al crecimiento nacional.
¿Y los aranceles?
Existe otra confusión frecuente. El T-MEC nunca significó comercio completamente libre.
Aunque alrededor del 86% del intercambio comercial sigue entrando libre de aranceles, varios sectores estratégicos continúan enfrentando restricciones o tarifas derivadas de medidas comerciales impulsadas por Washington, particularmente en acero, aluminio y algunos productos automotrices. Además, Estados Unidos busca endurecer las reglas de origen para elevar el contenido regional —e incluso estadounidense— de los vehículos fabricados en Norteamérica.
Es decir, las tensiones comerciales ya existían antes de esta revisión. La diferencia es que ahora tendrán un componente político permanente.
La industria automotriz, la más expuesta
Si existe un sector que depende totalmente de la integración regional, es el automotriz. Un vehículo puede cruzar la frontera entre México, Estados Unidos y Canadá varias veces antes de terminarse. Todo forma parte de una misma cadena de suministro.
Por ello, asociaciones industriales han advertido que una negociación permanente podría retrasar inversiones, elevar costos y afectar la competitividad regional frente a Asia.
Dos visiones completamente distintas
Las reacciones dentro de México reflejan la incertidumbre. Por un lado, representantes de la industria automotriz consideran que la revisión anual complica la planeación de inversiones de largo plazo. Por otro, organismos empresariales como Concanaco sostienen que el país mantiene ventajas estructurales suficientes para seguir atrayendo capital, aun con un entorno más complejo.
Probablemente ambos tengan parte de razón. México sigue siendo competitivo, pero ahora competir ya no será suficiente. Habrá que convencer a los inversionistas de que el riesgo político vale la pena.
Más que un tratado, un instrumento de negociación
Analistas coinciden en que la decisión estadounidense responde menos a un deseo de abandonar el T-MEC y más a una estrategia de negociación. Washington busca utilizar las revisiones anuales para presionar cambios en temas como:
- reglas de origen automotrices;
- déficit comercial;
- acero y aluminio;
- seguridad económica;
- relocalización de manufactura;
- incluso asuntos ajenos al comercio, como migración y seguridad fronteriza.
En otras palabras, el tratado deja de ser únicamente un acuerdo comercial y se convierte en una herramienta de negociación política permanente.
La próxima ronda de conversaciones entre México y Estados Unidos está prevista para la semana del 20 de julio en la Ciudad de México, donde continuarán las discusiones sobre reglas de origen, manufactura regional y otros temas pendientes. No será la última, pues todo indica que las revisiones anuales llegaron para quedarse.
La pregunta de fondo
El mayor riesgo no es que el T-MEC desaparezca mañana. El verdadero riesgo es que Norteamérica deje de ofrecer aquello que más valoran los inversionistas: certidumbre.
El comercio seguirá fluyendo, las exportaciones continuarán, las plantas seguirán produciendo, pero cuando llegue el momento de decidir dónde instalar la próxima fábrica de miles de millones de dólares, la pregunta ya no será únicamente cuánto cuesta producir en México.
La nueva pregunta será:
¿Vale la pena invertir cuando las reglas del juego podrían volver a discutirse dentro de doce meses?
Y en economía, muchas veces las inversiones no se pierden por una mala decisión. Se pierden porque alguien decide esperar.

