Por Andrés Pedroza García
Leer es una pasión que rinde frutos. Buenos frutos.
Durante mucho tiempo enfoqué mis lecturas hacia lo literario: autores latinoamericanos, sobre todo. Mucho realismo mágico. Después vino el periodismo: Capote, Kapuściński, Villoro, Walsh, Leñero, Wallraff…
En este momento de mi vida, sin embargo, mis lecturas han dado un giro que nunca imaginé. Hoy leo sobre finanzas, desarrollo personal, motivación, psicología. En fin, una serie de libros que durante mucho tiempo evité y que ahora, quizá porque yo también soy otro, comienzo a mirar de manera diferente.
Apenas recorro los pasillos virtuales de este nuevo territorio y ya encuentro títulos y textos sumamente apasionantes. Ideas que echan raíz casi de inmediato en mi cabeza; pensamientos que me obligan a detenerme; puntos de vista que antes no veía o, quizá, simplemente no me importaban.
Entre estas nuevas lecturas quiero detenerme en Psicocibernética, de Maxwell Maltz, un libro publicado originalmente hace más de medio siglo y que explora, entre otras cosas, la importancia de la autoimagen, la posibilidad de establecer objetivos valiosos y la manera en que nuestra mente puede ayudarnos —o estorbarnos— para alcanzarlos.
Suena ambicioso. Quizá demasiado bueno para ser verdad. Pero algunas de sus ideas han comenzado a tener sentido en mi propia vida. Incluso me han permitido reconocer ciertos logros, pequeños éxitos que, sin ser espectaculares, me han dado una enorme satisfacción.
Una de las ideas que más me ha hecho pensar tiene que ver con nuestra relación con el fracaso. Maltz plantea que no debemos temer a los errores ni a los fracasos temporales. Para alcanzar un objetivo necesitamos también de la retroalimentación negativa: avanzar, equivocarnos, corregir el rumbo y volver a avanzar. Algo parecido a lo que ocurre con un mecanismo guiado que constantemente compara hacia dónde quiere ir con el lugar hacia el que realmente se está moviendo.
El aprendizaje ocurre mediante ensayo y error. Pero aquí aparece una idea todavía más poderosa: para seguir avanzando necesitamos aprender del error sin convertirnos en él.
Tú no eres el error que cometiste.
Esa frase —o, mejor dicho, esa idea— me obligó a mirar hacia atrás.
Como cualquiera que ha vivido lo suficiente, he cometido muchos errores. Algunos pequeños. Otros importantes. Decisiones que hoy tomaría de otra manera, palabras que quizá no repetiría, caminos que habría recorrido distinto.
Pero descubrí algo: puedo utilizar la respuesta que encontré después del error como punto de partida para avanzar, en lugar de cargar eternamente con la equivocación como si fuera una definición de quien soy.
Mi persona, mi esencia, va mucho más allá de una acción equivocada. Y entonces comprendí que esta idea no solamente sirve para reconciliarnos con nosotros mismos. También puede cambiar la manera en que vemos a los demás. Especialmente en el trabajo.
¿Cuántas veces convertimos el error de un colaborador en una etiqueta?
“Es irresponsable”. “No sirve para esto”. “Siempre se equivoca”. “Con él no se puede”.
De pronto dejamos de evaluar una conducta y comenzamos a juzgar a una persona completa. El error deja de ser algo que alguien hizo y termina convirtiéndose, ante nuestros ojos, en lo que esa persona es. Y quizá ahí estamos cometiendo nosotros un error todavía mayor.
Una organización que castiga cada equivocación termina enseñando a su gente a ocultarlas. Una organización que sabe analizarlas, corregirlas y aprender de ellas puede convertirlas en conocimiento.
Esto no significa justificar la negligencia ni aceptar que alguien tropiece indefinidamente con la misma piedra. Significa entender que existe una enorme diferencia entre responsabilizar a alguien por sus actos y condenarlo por ellos. Cuando comprendemos esa diferencia nos volvemos menos incisivos y más empáticos. Después de todo, no conozco a nadie que haya construido una vida, una empresa o una carrera profesional sin equivocarse alguna vez.
Esta semana, entre todo lo que leí, me quedo con eso.
No somos nuestros errores. Somos más lo que decidimos hacer después de ellos.
Y quizá una parte importante del factor humano consista precisamente en aprender a mirar de esa manera a quienes trabajan con nosotros: no solamente por las veces que se equivocan, sino por su capacidad para reconocerlo, corregir el rumbo, aprender y seguir avanzando. Porque una persona no debería quedar definida por su peor error.
Tal vez debería ser reconocida por aquello que fue capaz de construir después de él.

