Por Andrés Pedroza García
«Es importante recordar que nuestra institución opera en estricto cumplimiento con los protocolos de seguridad escolar»
La frase estaba escrita en una manta. Me detuve a leerla y pensé que alguien había desperdiciado dieciséis palabras para decir algo que podía expresarse en cinco: «Nuestra institución es un lugar seguro». O, mejor todavía, en tres: «Aquí estás seguro».
El problema no era la intención del mensaje, sino esa necesidad de anunciar solemnemente lo que se pretende comunicar.
Durante mis años al frente de una oficina de comunicación conocí a numerosos funcionarios que parecían tener una relación entrañable con este tipo de construcciones. Les encantaba escribir y hablar así. Cuanto más larga la oración, más importante parecía el asunto. Cuanto más rebuscadas las palabras, mayor la solemnidad del discurso.
Fue entonces cuando aprendí a reconocer una enfermedad muy extendida en las organizaciones: la burocracia del lenguaje. Se trata de una peculiar forma de comunicación en la que las palabras dejan de servir para informar y comienzan a utilizarse para aparentar importancia.
Pensemos en una expresión habitual:
«En el marco de las acciones encaminadas al fortalecimiento de los mecanismos institucionales, se llevaron a cabo diversas actividades orientadas a promover la participación de los distintos sectores de nuestra comunidad».
¿Qué hicieron? ¿Cuáles actividades? ¿Quiénes participaron? ¿Qué resultados obtuvieron?
No lo sabemos. Pero suena impresionante.
La burocracia del lenguaje tiene sus propias muletillas: «es importante destacar», «cabe hacer mención», «en ese sentido», «derivado de lo anterior», «con el firme propósito de» y la infaltable «en el marco de». Son expresiones que, utilizadas indiscriminadamente, funcionan como el relleno de una almohada: aumentan el volumen sin necesariamente aportar sustancia.
Pero el problema va más allá de una cuestión de estilo. Cuando una organización se acostumbra a hablar mucho y decir poco, comienza a perder su capacidad de comunicarse con claridad.
Los informes se convierten en inventarios de actividades. Los discursos, en interminables cadenas de buenas intenciones. Los comunicados, en ejercicios de retórica donde lo verdaderamente importante aparece escondido en el cuarto o quinto párrafo. Y, en ocasiones, ni siquiera aparece.
Y no es que necesariamente exista una intención deliberada de ocultar información. Muchas veces se trata de una costumbre aprendida. El funcionario escribe como lo hacía su antecesor; el subordinado reproduce el estilo de su jefe y el recién llegado descubre que, para parecer institucional, debe abandonar el lenguaje sencillo. Así se perpetúa una cultura en la que la claridad parece demasiado modesta para los asuntos importantes.
Sin embargo, también hay ocasiones en las que la ambigüedad resulta conveniente. Decir que «se implementarán acciones para atender las áreas de oportunidad» permite evitar una afirmación mucho más comprometedora: «Detectamos tres problemas y los resolveremos antes de diciembre».
La segunda oración exige identificar problemas, asumir responsabilidades y establecer plazos. La primera permite salir de la reunión sin comprometerse prácticamente a nada.
He ahí una diferencia fundamental: la claridad no es solamente una virtud de la escritura. También puede ser una expresión de responsabilidad. Un líder que comunica con precisión demuestra que conoce lo que está haciendo, sabe qué quiere conseguir y está dispuesto a explicar sus decisiones.
Por supuesto, la sencillez no significa pobreza de vocabulario ni renunciar a la formalidad que determinados documentos requieren. Significa elegir las palabras necesarias y eliminar las que estorban.
Antes de publicar un comunicado, presentar un informe o pronunciar un discurso, convendría formular tres preguntas: ¿Qué quiero decir? ¿Qué necesita saber mi audiencia? ¿Puedo expresarlo con menos palabras sin perder información? Las respuestas podrían ahorrarnos páginas enteras.
En una época en la que las organizaciones compiten por la atención de públicos saturados de mensajes, la claridad constituye una forma de respeto. Respetamos a las personas cuando no les hacemos perder tiempo descifrando aquello que pudimos explicar desde el principio.
Quizá por eso aquella manta me dejó pensando. Su mensaje pretendía transmitir seguridad, pero estaba envuelto en una innecesaria advertencia sobre la importancia de recordarlo.Bastaba con decir: «Aquí estás seguro».
Porque la importancia de un mensaje no se mide por la cantidad de palabras que utilizamos, sino por lo que somos capaces de comunicar con ellas.

