Por Andrés Pedroza García
Hay oficinas donde el estrés entra antes que los empleados. Y a veces, nunca sale de lasinstalaciones.
Se siente desde temprano: el silencio incómodo, la tensión permanente, la gente midiendo palabras antes de hablar, los mensajes enviados con miedo y las reuniones donde nadie contradice al jefe aunque todos sepan que algo está mal.
Curiosamente, muchas veces el problema no es la carga de trabajo. Tampoco el sueldo. Ni siquiera los clientes difíciles.
El problema es el liderazgo.
Existe una idea muy arraigada en el mundo empresarial: creer que dirigir significa presionar constantemente. Hay líderes que piensan que intimidar genera resultados, que gritar acelera procesos o que mantener a todos bajo tensión garantiza productividad.
Pero la realidad suele ser exactamente lo contrario.
Un líder emocionalmente descontrolado termina contaminando todo el ambiente laboral. Su ansiedad se transmite. Su mal humor se replica. Su desorganización se multiplica. Y poco a poco, la oficina completa comienza a operar en modo supervivencia.
Entonces aparecen síntomas que muchas empresas no saben interpretar:
alta rotación, errores frecuentes, apatía, falta de iniciativa, ausentismo, mala atención al cliente y equipos que simplemente hacen lo mínimo indispensable para evitar problemas.
La NOM-035-STPS-2018 identifica precisamente el liderazgo negativo como uno de los principales factores de riesgo psicosocial dentro de las organizaciones.
Y tiene sentido.
Un mal líder no solo desgasta emocionalmente a las personas; también afecta productividad, comunicación, creatividad y permanencia del talento.
Lo más complejo es que muchos jefes no se perciben a sí mismos como generadores de conflicto. Se consideran “exigentes”, “perfeccionistas” o “de carácter fuerte”. Incluso hay quienes presumen su dureza como si fuera una virtud administrativa.
Pero dirigir mediante miedo tiene consecuencias.
Las personas dejan de aportar ideas.
Ocultan errores.
Evitan involucrarse.
Y eventualmente comienzan a desconectarse emocionalmente de la empresa.
Nadie trabaja bien bajo amenaza permanente.
Las mejores organizaciones no son aquellas donde la gente tiembla cuando llega el director. Son aquellas donde existe claridad, respeto, comunicación y confianza suficiente para trabajar sin miedo.
Un buen líder no necesita incendiar la oficina para demostrar autoridad.
Al contrario: su verdadera capacidad se nota cuando logra que las personas den lo mejor de sí, sin destruirse en el proceso.
Por Andrés Pedroza García

