CEOs en modo fantasía: cuando la IA promete productividad… pero entrega más trabajo
- Ana Paula Kiyama
- hace 2 días
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Por Ana Paula Kiyama
Mientras los altos ejecutivos celebran semanas “liberadas” gracias a la inteligencia artificial, millones de empleados viven otra realidad: más correcciones, más estrés y la sensación de que la promesa tecnológica se quedó a medio camino.
La inteligencia artificial se ha convertido en la nueva joya del discurso empresarial. Sin embargo, detrás de las promesas de eficiencia y automatización, comienza a emerger una realidad menos glamorosa: una profunda desconexión entre lo que creen los líderes y lo que viven sus equipos.
La IA parece el nuevo unicornio corporativo. En juntas directivas, presentaciones a inversionistas y discursos de liderazgo, la narrativa es clara: la IA está revolucionando la productividad. En consejos directivos y presentaciones estratégicas, la IA está liberando tiempo, optimizando procesos y elevando la productividad. Pero en la operación diaria, donde las decisiones se ejecutan y los errores cuestan dinero, la experiencia es distinta.
La pregunta ya no es si la IA sirve o no en el trabajo. La pregunta incómoda es otra: ¿los CEOs están viendo una versión idealizada de la IA que no coincide con la experiencia de sus equipos?
La brecha: dos realidades, una misma herramienta
Una encuesta reciente de la consultora Section, aplicada a más de 5,000 trabajadores en Estados Unidos, Reino Unido y Canadá, revela una desconexión preocupante entre líderes y empleados.
Más del 40 % de los ejecutivos afirma que la IA les ahorra más de ocho horas de trabajo a la semana.
Ese mismo 40 % de los empleados asegura que la IA no les ahorra ni un solo minuto.
Dos tercios de los trabajadores no directivos reportan ahorros menores a dos horas semanales.
La diferencia no es menor: mientras los líderes hablan de eficiencia exponencial, los equipos operativos viven mejoras marginales —cuando las hay—
El “impuesto IA”: lo que ganas escribiendo, lo pierdes corrigiendo
La empresa de software empresarial Workday ya le puso nombre al fenómeno: el “impuesto IA”.
Según sus estudios internos, una parte significativa del tiempo “ahorrado” con IA se va en:
corregir errores
verificar datos falsos
ajustar textos mal contextualizados
y deshacer las famosas alucinaciones de los modelos
En otras palabras: la IA genera rápido, pero no necesariamente bien. El resultado son borradores que requieren revisión humana intensiva, lo que diluye la promesa de eficiencia y, en algunos casos, aumenta la carga laboral
La fantasía ejecutiva: automatizar sin entender el proceso
¿Por qué los CEOs ven un impacto tan positivo mientras los empleados no?
Expertos en transformación digital apuntan a una causa central: la IA se está implementando como herramienta, no como cambio organizacional.
Muchas empresas compran licencias, activan bots y exigen adopción inmediata sin:
redefinir procesos
capacitar a los equipos
ni establecer criterios claros de uso
Un análisis publicado por Forbes señala que hasta el 80 % de los empleados no se siente preparado para usar IA de manera autónoma, y que menos del 25 % de las organizaciones cuenta con una estrategia real de adopción más allá del discurso innovador.
Más tecnología, más ansiedad
Lejos de liberar tiempo, la adopción forzada de IA está generando nuevos cuellos de botella:
empleados que no confían en los resultados
miedo a cometer errores por depender del sistema
presión por “usar IA” aunque no sea útil para la tarea
El resultado es una paradoja moderna: más automatización, menos sensación de control.
En lugar de empoderar, la tecnología se vuelve una capa adicional de complejidad.
Entonces… ¿la IA sirve o no sirve en la chamba?
La respuesta honesta es incómoda para el discurso corporativo:
La IA sí funciona cuando hay capacitación real; se integra a procesos bien diseñados; se mide con métricas realistas.
Pero fracasa cuando se impone como moda; se vende como sustituto del criterio humano; los líderes confunden potencial con resultados inmediatos.
Menos hype, más realidad
La inteligencia artificial no es una varita mágica ni una amenaza inevitable. Es una herramienta poderosa, pero incompleta sin personas capacitadas, procesos claros y expectativas aterrizadas.
Mientras los CEOs sigan midiendo el éxito de la IA desde dashboards y no desde la experiencia diaria de sus equipos, la fantasía continuará.
Y el “impuesto IA” seguirá cobrándose, silenciosamente, en horas humanas.










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