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La diplomacia de cañoneras y el regreso del poder duro: el escenario que sacude al mundo en 2026

Análisis internacional por Ana Paula Kiyama


El año 2026 comenzó con un golpe seco al tablero geopolítico. En un escenario reportado por medios internacionales y aún sujeto a verificación plena, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habría resucitado la política exterior intervencionista que durante años criticó, ordenando una operación militar directa en Venezuela que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y de la primera dama.


Horas después de la operación, Trump declaró que Estados Unidos “administraría” Venezuela por un periodo indefinido, reconociendo abiertamente el riesgo de un empantanamiento militar: “No nos asusta poner botas sobre el terreno”. La frase, breve y directa, marcó el regreso explícito del poder duro como instrumento central de la política exterior estadounidense.


De la presión diplomática a la acción militar


Durante buena parte de 2025, la administración Trump intensificó la presión sobre Maduro, calificándolo como líder de un cartel y buscando su salida del poder mediante sanciones, bloqueos financieros y acciones encubiertas. Tras su detención, el fiscal general estadounidense anunció que enfrentaría cargos por narcoterrorismo y tráfico de drogas en tribunales federales.


Sin embargo, el propio Trump introdujo otro argumento clave: el petróleo. Venezuela posee las mayores reservas probadas del mundo y, según el mandatario, estas habrían sido “robadas” a empresas estadounidenses tras la nacionalización del sector. En sus declaraciones, Trump aseguró que compañías petroleras de EE. UU. reconstruirían la infraestructura energética venezolana, invirtiendo miles de millones de dólares.


La operación: precisión quirúrgica y demostración de fuerza

De acuerdo con la información disponible, la operación comenzó meses antes. Agentes de la CIA habrían ingresado al país en agosto, utilizando drones furtivos y el apoyo de un informante dentro del propio gobierno venezolano para rastrear cada movimiento de Maduro: dónde dormía, qué comía, cómo se desplazaba e incluso qué mascotas tenía.


En Kentucky, el Ejército estadounidense construyó una réplica a escala real del complejo donde se ocultaba el mandatario. Comandos de élite de la Fuerza Delta ensayaron repetidamente el asalto, perfeccionando tiempos y tácticas. Cuando las condiciones climáticas fueron favorables y se consideró bajo el riesgo para civiles, se ejecutó el ataque.


Un ciberataque habría dejado sin electricidad amplias zonas de Caracas, permitiendo que unos 150 aviones, drones y helicópteros ingresaran sin ser detectados. Tras bombardear radares y sistemas de defensa aérea, los comandos aterrizaron en la base militar más fortificada del país. Tres minutos después de irrumpir en el complejo, encontraron a Maduro.


La operación duró poco más de dos horas. Trump la siguió en tiempo real desde Mar-a-Lago. “Lo vi como si fuera un programa de televisión”, declaró posteriormente. Luego difundió una imagen del mandatario venezolano esposado y con los ojos vendados.


¿Quién gobierna ahora Venezuela?


Trump afirmó que Estados Unidos administrará Venezuela “hasta que pueda darse una transición segura, adecuada y juiciosa”. Sin embargo, las respuestas sobre cómo se materializará ese control han sido vagas.


La vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina, aunque calificó a Estados Unidos como invasor ilegal y sostuvo que Maduro sigue siendo el único presidente legítimo. Trump, por su parte, fue tajante: mantendrá el poder mientras “haga lo que nosotros queremos”.


La administración estadounidense evita llamar a esta etapa una ocupación. Funcionarios describen el plan como una especie de tutela política, en la que Washington define el rumbo y el gobierno provisional lo ejecuta, bajo la amenaza implícita de una nueva intervención militar.


Petróleo, nación y legalidad


Trump sostuvo que el objetivo es revertir lo que calificó como el colapso del sector petrolero venezolano, hoy reducido a una cuarta parte de su producción de los años noventa. Las empresas estadounidenses, dijo, invertirán, repararán y explotarán la infraestructura energética, generando beneficios tanto para Venezuela como para ellas mismas.


No obstante, el marco legal es altamente cuestionado. Según la Carta de la ONU, ningún país puede usar la fuerza en territorio soberano sin autorización internacional, legítima defensa o consentimiento del Estado afectado. Expertos en derecho internacional advierten que tanto la incursión como una eventual ocupación carecen de base legal.


Maduro fue trasladado a Nueva York y recluido en un centro de detención en Brooklyn. Una acusación formal lo señala —junto con su esposa, su hijo y altos funcionarios— por contrabando de cocaína.


Reacciones globales: un mundo dividido

La respuesta internacional ha sido inmediata y polarizada. Rusia, China, Cuba, Brasil y México denunciaron la operación como ilegal y peligrosa. El secretario general de la ONU advirtió que sienta un precedente alarmante, mientras el Consejo de Seguridad se prepara para una sesión extraordinaria.


En Europa, la reacción ha sido más cauta. Alemania y Francia reconocieron el daño causado por Maduro, aunque subrayaron la necesidad de evaluar cuidadosamente la intervención. En Reino Unido, el silencio del gobierno ha provocado divisiones internas.

Dentro de Venezuela, el país parece partirse en dos: protestas de partidarios de Maduro y cautela entre opositores que temen el caos. “No pienso que seamos libres; pienso en qué pasará mañana”, dijo un ciudadano a periodistas internacionales. En contraste, en el sur de Florida, miembros de la diáspora venezolana celebraron en las calles.


Una grieta en Estados Unidos

La operación también sacudió la política interna estadounidense. Demócratas denunciaron una violación al derecho internacional y al mandato popular. Algunos republicanos, aunque apoyaron la acción, cuestionaron la contradicción con la doctrina America First.


Más allá de Venezuela

Este escenario, plantea una advertencia global: las reglas del orden internacional están siendo reinterpretadas por la fuerza. En 2026, el mundo no solo enfrenta conflictos armados, sino una transformación más profunda: el regreso explícito de la diplomacia de cañoneras en el hemisferio occidental.


En un mundo que ha buscado normas internacionales, diplomacia y respeto a la soberanía, la operación reportada en Venezuela representa una ruptura paradigmática: no solo por la captura directa de un jefe de Estado por fuerzas extranjeras, sino por el anuncio público de gobernar temporalmente un país soberano.


Este tipo de acción pone en evidencia dos grandes tensiones:

  1. La tensión entre derecho internacional y acción unilateral de potencias — con potencial de debilitar instituciones multilaterales como la ONU.

  2. El papel de los recursos naturales (en especial el petróleo) como factor central de decisiones geopolíticas, algo que ha marcado intervenciones a lo largo del siglo XX y continúa en el XXI.


La polarización no solo se divide entre gobiernos, sino también entre ciudadanos y académicos del mundo: algunos defienden la acción como necesaria contra regímenes autoritarios, otros la ven como una nueva forma de intervencionismo encubierto con fines estratégicos y económicos.


Continúa leyendo el impacto en México de este escenario...


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