Por Andrés Pedroza García
Hay días en los que parece que todo ocurre al mismo tiempo.
El teléfono suena, llegan mensajes, aparece un problema que no estaba previsto, alguien espera una respuesta inmediata y, mientras resolvemos una cosa, ya estamos pensando en las tres siguientes.
Entonces hacemos lo que parece lógico: aceleramos.
Caminamos más rápido, contestamos más rápido, comemos más rápido y tratamos de pensar más rápido. Incluso cuando finalmente termina la jornada, seguimos trabajando por dentro. El cuerpo llegó a casa, pero la cabeza continúa en la oficina.
Hace unos días encontré en Psicocibernética, de Maxwell Maltz, una idea que me pareció particularmente poderosa: construir mentalmente una especie de habitación privada, un espacio interior al cual podamos retirarnos por unos momentos.
No se trata de un lugar físico: es un cuarto mental. Un sitio construido dentro de nosotros donde, durante algunos minutos, dejamos afuera los pendientes, los problemas, las conversaciones difíciles y las preocupaciones. Un espacio donde podemos guardar silencio. Creo que todos necesitamos aprender a construirlo.
Porque hemos aprendido muchas cosas para desenvolvernos profesionalmente: aprendemos programas, procedimientos, técnicas, normas, indicadores y nuevas tecnologías. Nos capacitamos para ser más productivos. Pero pocas veces alguien nos enseña a estar tranquilos; yo creo que esa también es una habilidad importante e imprescindible.
Aprender a hacer frente al estrés no significa vivir sin problemas. Tampoco significa ignorarlos. Significa impedir que cada dificultad tome inmediatamente el control de nuestra mente.
Hay situaciones que requieren una respuesta rápida, por supuesto. Pero rapidez no necesariamente significa ansiedad. Podemos actuar con urgencia sin vivir angustiados.
Podemos trabajar mucho sin mantener permanentemente tensos el cuerpo y la mente. Podemos enfrentar un problema serio sin permitir que durante las siguientes diez horas siga dando vueltas dentro de nuestra cabeza: eso requiere entrenamiento.
Cuando la presión aumenta y cedemos al impulso de acelerar todavía más, puede ocurrir exactamente lo contrario de lo que buscamos: pensamos peor, escuchamos menos, cometemos errores y tomamos decisiones precipitadas.
La tranquilidad no disminuye nuestra capacidad de respuesta, antes bien la mejora. Aclaro: tomarse las cosas con calma no significa tomarlas con indiferencia. Significa conservar la claridad suficiente para decidir qué hacer.
Quizá no podemos cerrar la oficina, ni apagar el teléfono. Y aunque el problema siga esperando una solución, bien podemos durante unos minutos entrar en ese cuarto interior, cerrar mentalmente la puerta y guardar silencio.
Respirar. Dejar de resolver. Dejar de anticipar. Simplemente estar ahí.
Después abrimos nuevamente la puerta y regresamos al problema, que seguirá siendo el mismo, aunque nosotros ya no.
Algunas veces, esos pocos minutos de silencio son suficientes para descubrir una solución que el ruido no nos permitía ver.
En una época que nos enseña permanentemente a hacer más, producir más y responder más rápido, quizá también tengamos que aprender otra habilidad: retirarnos unos minutos del mundo sin abandonar nuestras responsabilidades.
Todos necesitamos un cuarto propio. Y no necesariamente tenemos que construirlo con paredes.

