Por Héctor Díaz
En términos coloquiales —y remitiéndonos a su origen histórico en las rutas comerciales—, una “Zona Franca” o Freeport es un área de tránsito internacional; un espacio que, para fines fiscales y aduaneros, se considera como si estuviera fuera del país en el que físicamente se encuentra. Hoy en día, un freeport de arte es mucho más que un simple almacén. Se trata de una instalación de ultra alta seguridad, con controles climáticos de precisión museística, diseñada para el resguardo de activos de gran valor como obras de arte, metales preciosos y antigüedades.
Alrededor de estas zonas francas existe un gran mito: la idea de que al utilizarlas “nunca se pagan impuestos”. Esto es falso. Lo que realmente ofrece un freeport es un diferimiento fiscal. Las obras depositadas allí están exentas de aranceles y de impuestos sobre transacciones mientras permanezcan en su interior. Los impuestos sí se pagan, pero únicamente cuando la pieza abandona la instalación para ser importada de manera definitiva en su país de destino. Precisamente por esto resultan tan atractivos para el mercado global —el cual alcanzó un valor de 65,000 millones de dólares en 2023, según el reporte global de Art Basel y UBS—. Para las Family Offices y la industria del Wealth Management (gestión de riqueza), el arte es un “activo refugio” contra la inflación. Un freeport permite a los inversores adquirir, resguardar por años e incluso revender obras dentro de las mismas instalaciones sin detonar cargas fiscales inmediatas. En el mundo destacan las de Ginebra, Luxemburgo, Singapur y Delaware. Sin embargo, desde México hasta la Patagonia, el mapa está vacío.
América Latina no cuenta, hasta el día de hoy, con una zona franca de arte. Ante este vacío de infraestructura, la oportunidad se presenta como un oasis en el desierto, y encuentra en Ciudad Juárez su enclave natural. Resulta paradójico dimensionar la falta de este espacio cuando mapeamos el ecosistema a nuestro alrededor: contamos con la sede de Sotheby’s en la Ciudad de México operando para toda América Latina, el liderazgo de Morton Subastas consolidado a nivel nacional y el peso de ZONA Maco como la feria más importante de Latinoamérica. Al mirar hacia el norte, el panorama se magnifica: tenemos una envidiable cercanía con Art Basel en Florida, el colosal poder adquisitivo de Texas —que por sí sola representa una de las economías más grandes del mundo—, la fuerza comercial del prestigioso circuito de galerías de Nuevo México a escasos kilómetros de la frontera, y el peso institucional de los museos y galerías de gran prestigio en California. Si el mercado, las casas de subastas y las ferias de talla mundial ya están moviendo millones en esta región, la falta de un hub de resguardo fiscal es una oportunidad de negocio innegable. México es el puente indiscutible hacia Estados Unidos, el mayor comprador del mundo, y justo en medio de todo este engranaje global, está Ciudad Juárez.
Pero, si la geografía es tan privilegiada y el mercado está activo, ¿por qué no ha surgido un Freeport de arte en América Latina hasta ahora? La respuesta es multifactorial. Tradicionalmente, el éxito del modelo europeo se ha apoyado en la confianza internacional a muy largo plazo, cimentada en una estabilidad política y jurídica absoluta, así como en ecosistemas de banca privada global. En contraste, América Latina ha lidiado históricamente con ciclos de volatilidad institucional, y los gobiernos de la región han utilizado sus zonas francas casi exclusivamente para generar empleos mediante la manufactura o el comercio de bienes de consumo masivo, no para el resguardo de activos de ultra lujo. Además, en una región históricamente golpeada por los flujos financieros ilícitos, el mercado del arte —ya de por sí opaco— enfrenta un severo escrutinio. Un Freeport latinoamericano moderno tendría el reto ineludible de nacer con los más altos estándares de transparencia y cumplimiento normativo para desmarcarse de cualquier sospecha. Ante la falta de esta infraestructura hiperespecializada, el gran coleccionismo latinoamericano ha optado por enviar sus obras más valiosas a bóvedas en Ginebra, Nueva York o Singapur.
A estos desafíos macroeconómicos se suman las barreras normativas locales. En el caso específico de México, uno de los principales problemas que frena el mercado doméstico es el entorno legal. Tal como lo expuse a detalle en mi artículo “El arte mexicano, con miedo al éxito internacional”, publicado en El Economista, nuestra estricta legislación sobre patrimonio cultural suele operar como un disuasorio para el coleccionismo global. La Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos faculta al Estado para intervenir sobre obras privadas declaradas “Monumento Artístico”, restringiendo su movilidad y obligando a los propietarios a solicitar permisos oficiales para llevar una obra al extranjero. Esta amenaza latente a la propiedad privada ahuyenta la inversión y explica, en parte, por qué el país concentra apenas un porcentaje mínimo de las ventas globales. Aquí es donde el modelo del Freeport resulta revolucionario: al operar bajo un régimen de extraterritorialidad aduanera, funcionaría como un escudo jurídico. Brindaría a los inversores internacionales la certeza, la protección y la libre movilidad sobre sus activos que el intervencionismo del Estado mexicano, paradójicamente, les niega en el resto del territorio.
Para materializar un proyecto de esta magnitud, se requiere infraestructura real. Juárez es, por definición, una ciudad industrial codificada para el intercambio transfronterizo. Actualmente, la ciudad es uno de los epicentros mundiales del nearshoring, atrayendo cadenas de suministro multinacionales por su seguridad y eficiencia. La industria del arte debe hacer exactamente lo mismo. Este proyecto representaría el nearshoring del coleccionismo global: transformar el conocimiento logístico juarense —tradicionalmente enfocado en la manufactura— y elevarlo hacia los requerimientos de preservación de activos de ultra lujo.
Conozco de primera mano la viabilidad operativa de esta visión. Desde mi posición como galerista, he gestionado la compleja logística de mover obras de arte desde y hacia Ciudad Juárez: operando su ingreso para proyectos expositivos internacionales, coordinando entregas a coleccionistas, gestionando el retorno de piezas a los estudios de sus creadores y canalizando obras internacionales —provenientes de Sudamérica, Centroamérica, Norteamérica y Europa— para su participación en Morton Subastas. Además, a través de la representación en mi galería de artistas de talla mundial —como Javier Arizabalo y Stefano Puleo—, orquestamos de manera rutinaria el complejo movimiento internacional de sus obras. El respaldo de haber trabajado con unos 50 artistas de más de 15 países me permite dimensionar la magnitud de esta oportunidad. Este es un tema del que jamás se había hablado en el estado de Chihuahua, sencillamente porque no había existido un esfuerzo por poner a Juárez en la conversación del arte contemporáneo y en el radar del coleccionismo mundial.
A esta experiencia operativa se suma una ventaja geográfica inmejorable: la conectividad. Mientras que la única zona franca de arte en América está en Delaware (anclada al océano Atlántico y Europa), México ofrece acceso directo al Pacífico. Esta conexión abre una ruta comercial expedita con China, el segundo mercado de arte más grande del mundo. Juárez se posiciona justo en el umbral del comprador número uno y en la ruta logística ideal hacia el número dos.
Más allá del resguardo y la logística, un Freeport en la frontera detonaría un ecosistema económico paralelo: el turismo de lujo. Las zonas francas modernas no son cajas fuertes oscuras; albergan exclusivos viewing rooms (salas de exhibición privadas) de alto diseño. A estas instalaciones vuelan coleccionistas, curadores y directores de museos para inspeccionar piezas, cerrar transacciones o disfrutar de exhibiciones a puerta cerrada. Integrando tecnología de vanguardia —como trazabilidad blockchain para garantizar la procedencia— Juárez no solo ofrecería una bóveda, sino una experiencia inédita de turismo de negocios y servicios especializados (restauración, avalúos, seguros) en el país.
Es momento de cambiar la narrativa. Proponer el primer Freeport de Latinoamérica en Ciudad Juárez no es solo una apuesta por el ecosistema cultural, sino una visión macroeconómica. Significa insertar a la ciudad en las dinámicas del capital moderno, demostrando que Juárez tiene todo el potencial para pasar de la manufactura tradicional a consolidarse como bóveda, centro logístico y polo de servicios de ultra lujo clave para el coleccionismo global.
Héctor Díaz
Fundador y Director de HECTOR DIAZ
Septiembre 7, 2026
gallery@hectordiaz.art | www.hectordiaz.art
Sobre HECTOR DIAZ. Fundada en 2020, HECTOR DIAZ es la primera galería de arte contemporáneo internacional de Chihuahua y una de las marcas pioneras de ultra lujo de Ciudad Juárez. Especializada en pintura figurativa de grandes maestros, la galería representa a artistas, produce contenido editorial, organiza exposiciones con estándares museísticos y desarrolla colecciones privadas con una perspectiva a largo plazo. Más que un espacio de arte, su consolidación es la prueba fehaciente de que los juarenses pueden romper el molde y aportar valor cultural y económico de trascendencia glob

